PROF. HAROLDO QUINTEROS.

VIOLETA

Ayer 4 de octubre, se cumplieron cien años de Violeta Parra, la máxima exponente de nuestro folklore. Agencias culturales de gobierno, la televisión y las radios la recordarán este día, quizás por primera vez con algo más que el modo ostensiblemente lacónico de otras veces, como ha sucedido particularmente en ocasión algunos aniversarios de su muerte, ocurrida en 1967 y elegida por ella misma como su último grito de dolor y protesta ante las injusticias que vivió ella toda su vida, y las que sigue por siglos sufriendo su pueblo chileno, al que amó tanto, desde los leñeros chilotes hasta los mapuches; desde los obreros urbanos, agrarios y mineros; desde los pobladores de los suburbios citadinos a donde no llegan los turistas, hasta los aguerridos jóvenes estudiantes. Seguramente se oirán, por aquí y por allá «La Jardinera», «Gracias a la Vida,”  “Volver a los diecisiete, ”y algunas otras glorias de su arte, pero me temo que no se oirán sus canciones de contenido social, sin las cuales es absolutamente  imposible entender su música y su poesía en su más co0mpleta dimensión. Son las canciones que resultan nada fotogénicas a los dirigentes del status quo reinante,  con sus huasos y chinas de salón y delicaditos “ballets folklóricos.” Una vez más no se oirán esas canciones; y eso,  por su lucidez e impresionante vigencia; es decir, porque son arte revolucionario, porque llaman al cambio profundo de la sociedad chilena. Como algunas de esas canciones son muy bellas musicalmente,  a veces se las canta y baila en actos oficiales de gobierno o instituciones, pero se las recorta y hasta se les cambia la letra. Éstas por ejemplo, de las que sólo extraigo algunos versos, los más invariablemente censurados por la seudo-cultura oficial:

“Según el Favor del Viento”:

No es vida la del chilote, no tiene letra ni pleito,
tamango llevan sus pies,milcao y ají su cuerpo,
pellín para calentarse del frío de los gobiernos
llorando estoy, que le quebrantan los huesos,
me voy, me voy…

Despierte el hombre despierte,

Despierte por un momento,

Despierte toda la patria antes que se abran los cielos,

Y venga el trueno furioso

Con el clarín de San Pedro llorando estoy,

Y barra los ministerios, me voy, me voy.

«Miren cómo sonríen”

Miren cómo sonríen los presidentes,
cuando le hacen promesas al inocente.
Miren cómo le ofrecen al sindicato
este mundo y el otro los candidatos.
Miren cómo redoblan los juramentos,
pero después del voto doble tormento…

Violeta fue la niña que como los más pobres de Chile vivió en carne propia las desigualdades sociales y miserias que Chile viene viviendo desde que existe, quizás con mayor crueldad hoy en día. Vivió los años de la crisis del 29 y fue  la niña que para ayudar a sus padres y sus nueve hermanos recorría las calles, cantinas y chincheles de Chillán cantando acompañándose de su guitarra. Fue también la misma niña que desde pequeña supo  escudriñar hasta lo más recóndito del arte y el saber popular chileno. Caló como nadie en el alma y pobrezas del pueblo, y alzando la voz en su defensa, aventó en su arte, sin temor ni ambages, las injusticias y abusos que se cometen en nuestro país contra los pobres. Este atrevimiento no podía ser perdonado por el sistema, que la ignoró y la confinó a la soledad, la pobreza y el abandono, que finalmente la llevaron al suicidio. Durante la dictadura de Pinochet, era natural que se prohibieran sus canciones. Muy pocos se atrevían a oírla en casa, y si ello se hacía, debía ser con bajo volumen y a escondidas. Esta visión de lo que fue Chile en ese tiempo, me recuerda una de las más emotivas experiencias personales de mi vida. En enero de 1983, yo viajaba por España, en Andalucía. Una tarde, en un tren, me sacudió de mi letargo viajero un grupo de soldados andaluces, todos jóvenes conscriptos en servicio militar, que volvían a sus hogares un fin de semana. Vestían uniforme, y llevaban una guitarra, con la que cantaban canciones de su patria. De pronto, empezaron a entonar “Gracias a la Vida.” No pude contenerme y me acerqué a ellos, sumándome al coro. Por supuesto, les dije que era chileno, igual que la autora de aquella canción, y el líder del grupo, quien era el guitarrista, me pidió que siguiéramos con Violeta, y así cantamos “Volver a los Diecisiete,” que, con estupor, advertí que aquellos jóvenes, si no entera, también la conocían. Mi reflexión fue obvia: mientras soldados de un lejano país que no era Chile cantaban a Violeta, en su patria, a la que ella dedicó su vida entera por descifrarla y cantarla en su arte, los soldados la prohibían.Sigamos buscando y cantando a Violeta. «La dulce vecina de la verde selva» , la que no se vestía de payaso ni se compraba ni se vendía, como la definió su hermano mayor Nicanor, aún sigue cantando las verdades que definen básicamente nuestra sociedad. En realidad, sigue cantando y mejor que nunca:

“Al centro de la Injusticia”:

Chile limita al norte con el Perú y con el Cabo de Hornos limita al sur.
Se eleva en el oriente la Cordillera y en el oeste luce la costanera.

Al medio están los valles con sus verdores donde se multiplican los pobladores.
Cada familia tiene muchos chiquillos; con su miseria viven en conventillos.

Claro que algunos viven acomodados, pero eso con la sangre del degollado…
El minero produce buenos dineros, pero para el bolsillo del extranjero…
Exuberante industria donde laboran por unos cuantos reales muchas señoras.
Y así tienen que hacerlo porque al marido la paga no le alcanza pa’l mes corrido.

Linda se ve la Patria, señor turista, pero no le han mostrado las callampitas…
Al medio de Alameda de las Delicias Chile limita al centro de la injusticia.

¡Feliz centenario, nuestra eterna Violeta!

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