Patricio Bañados Montalva.

 

 

Hace poco regresé a mi casa natal en Tiltil, de la que partí para siempre junto a mis hermanos como “huérfanos de un Paraíso” –en palabras del poeta Jorge Teillier–, un mediodía del año 76, con 13 años de edad. Aún quedaban algunos viejos rayados de campañas políticas en los viejos puentes de cemento por donde cruzaba el ferrocarril. Ese era el medio de transporte habitual para las largas y extenuantes campañas a la Presidencia de la República. “Luis Bossay es el hombre”, anunciaba uno de ellos, todavía visible bajo la cal de los años implacables.

Mi madre me contaba, orgullosa, que su primo hermano favorito, Eduardo Frei Montalva, me tuvo entre sus brazos –yo, bebé de pocos meses– cuando visitó nuestra casa para la campaña del 64. No por casualidad mi segundo nombre es Eduardo, en homenaje a mi tío. Mi madre lo quería mucho. Y me contaba que en la antigua casona familiar de Calle Larga –donde se filmó El húsar de la muerte, de Pedro Sienna–, cuando ella tenía 5 ó 6 años, su primo Eduardo llegaba de vacaciones y con 16 ó 17 años se subía a una piedra y daba discursos a todos sus primos y primas menores, quienes lo escuchaban con gran atención.

La vocación es un misterio. Y la traición a la misma no tiene explicación. Pero sí un largo arrepentimiento.

Me emociona el milagro y la vocación de nuestros artistas en estos días de confinamiento. Su entrega, su empuje, coraje. El don de la persistencia. Compartiendo sus lecturas, poemas, pinturas, canciones, obras de teatro, a través de la red. Su terrible y a la vez maravillosa precariedad, que es la mía también. Sus sueños en la intemperie. Algunos con pudor, otros más aventajados en los terrenos del escenario y las comunicaciones. Unos con desparpajo, otros tímidamente. Todos empujando el carro de la creación y la esperanza de hallar una salida. Todos haciendo emerger la despiadada luz del arte en la que miles, o millones más bien, se refugian por estos días como en un regazo.

De niño, en Tiltil, mi mejor amigo, Pedro, llegaba hasta la vieja y algo deteriorada casona del fundo “Los Molinos”, donde nací, para compartir mil aventuras. Lo recuerdo alegre, con su sonrisa luminosa, veloz en las carreras y entusiasta a la hora de devorar los racimos de uvas –la rosada era su favorita– que pródigamente nos entregaban los parrones que mi padre con trabajo diario y amor cultivaba. Lo recuerdo zambulléndose presuroso en el estanque que llenábamos con fresca y fría agua de la noria con la motobomba ruidosa que mi viejo mantenía operativa todo el verano para esos y otros fines de regadío. Lo recuerdo alejándose por el camino de regreso a su casa, cuando ya la tarde de alegrías infantiles desaparecía lentamente frente a nuestros ojos para regresar Nunca Jamás.

A mediados de los 80 me contactó. Nos reunimos en una viejo bar restaurant que quedaba en Cumming al llegar a la Alameda, abajo del edifico donde vivía Hugo Moraga. Su rostro no era el mismo. La sonrisa había desaparecido. El bigote pétreo hacía juego con el ceño fruncido y duro. El pelo corto, militar. Los gestos estancados, con el cigarro a medio quemar en la diestra y una mirada huidiza en la siniestra.

Charlamos de asuntos triviales, quise recordar aquellos años de felicidad en nuestro pueblo, pero no pareció interesarle demasiado. Antes de despedirnos me dijo: “Cuídate, Rudy, yo sé que voh cantai, ten cuidado”. Lo vi alejarse en la noche del barrio Brasil y cruzar hacia avenida República.

¿El destino de cada uno está escrito o tenemos la posibilidad de escribirlo?

¿La vocación nace o se hace? ¿Somos producto de las circunstancias o podemos –decisiones y voluntad mediante– torcer el rumbo de los acontecimientos que nos empujan hacia una dirección?

Mi madre me contó también antes de morir que otro de sus primos hermanos queridos, Patricio Bañados Montalva, cuando era un cabro y contra todas las presiones de su familia, decidió largarse de Chile, en una maniobra arriesgadísima, para perseguir su sueño. Logró trabajar en la BBC cuando aquello era imposible para cualquier periodista joven latinoamericano. Y ya sabemos lo que vino después. Se convirtió en un profesional gigante de las comunicaciones, con una ética inquebrantable que no se rindió a las conveniencias de la era del pacto secreto entre la Concertación y el pinochetismo. Aquel pacto que nos tiene sumidos en la vergonzosa y dramática situación actual.

Mientras tanto, nuestros artistas siguen entregando belleza sin pedir nada a cambio, a lo más, un aporte voluntario a una cuenta Rut. Algunos se burlan de nosotros. El gobierno propone otro fondo concursable, como gran ayuda –sí, otro más– como el dueño del circo que exhibe gozosamente un puñado de maníes frente a los nobles animales hambrientos.

Y nuestros artistas siguen creando. Y creando. Y creando. Con una dignidad  admirable. Aquella que le da nombre a la Plaza de Todos los Futuros. Aquella plaza en la que nos encontraremos –tarde o temprano– alguna vez, todos los que fuimos quedando fuera del privilegio de unos pocos que se construyó a costa del sudor de tantos. Los que venimos de los extramuros: los mendigos, los fracasados, los sucios, los montepiados, los profesores, los endeudados, los olvidados, las empleadas domésticas, las reponedoras, las modelocas, las empoderadas, las sororas, las jugadas, las mijitas ricas, valientes y profundas, sinceras y compañeras, buenas pa la talla, el buen sexo y la cerveza, aquellas que no rezan el rosario hipócritamente porque le dan forma a la fe de cada cuenta, cada día, con su esfuerzo y trabajo y su sonrisa de chilenas verdaderas y francas en la lucha por vivir dignamente y proteger a la familia.

Todos aquellos sueños perdidos de la patria pisoteada volverán: el del joven periodista con ideales, el del poeta bebedor iluminado, el de las primas amadas que soñó Enrique Lihn en La pieza oscura, el del joven obrero que quiere ser escritor. El de la mesera que sueña con estudiar ballet. El del adolescente que guarda la mercadería en las bolsas a cambio de unas monedas –que serán la cena familiar de esta noche– y que sueña con ser ingeniero informático y comprarle una casita a su madre. Sólo así viviremos en paz. Y la patria será verdaderamente de todos. No antes. Entiéndanlo de una vez, señores del poder y el abuso.

Y sólo así terminará la pesadilla de nuestro país. Aquella que se repite, una y otra y otra vez. La del traidor arrepentido, que extravió el rumbo, aquel que no puede dormir por las noches, porque despierta exaltado, empapado en sudor. Ése que alguna vez fue el niño luminoso que devoraba racimos de uva, con una sonrisa en los labios, y el corazón lleno de sueños, a media tarde de un verano cualquiera, junto a su mejor amigo, entre los cerros del Chile profundo.

 

Rudy Wiedmaier
Músico y lutier.
Fuente: El Desconcierto
https://www.eldesconcierto.cl/2020/06/11/carta-desde-los-extramuros/

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